viernes, 12 de mayo de 2017

LA CELEBRIDAD, esa dama impasible

Cuando es día de concierto, nos mandan la movilidad y unos señores se encargan que no tenga fatigas innecesarias, cargando ellos los instrumentos, maletas, vituallas y utensilios. Para provincia me trasladan en avión, me recogen del Aeropuerto, cargan mis cacharpas y me abren las puertas del auto. La Seguridad (encarnada en tipos de rostros serios y pistolas ocultas), cuidarán de mí cual si fuera un personaje de lustre y nombradía. Luego me llevarán al Hotel, visitaré los mejores restaurantes y me tratarán como si fuera de la realeza... Pero esa “celebridad” se tiene que acabar junto con el concierto. El resto de los días, eres como cualquier ciudadano de a pié. Anónimo, con los pies lejos de los aplausos y abrazando a tu chica como cualquier otro mortal. Tienes que serlo. La celebridad no tiene porqué subyugarte. La “fama” es una burbujita que, si te la crees, te traga.


El punk rock de 1976 se forjó en las candelas del anti-estrellato, en los discursos de una nueva visión que pretendía rescatar al rock and roll de las garras de la autocomplacencia, del aburrimiento y de lo snob. Muchos de aquellos que se enrolaron en sus imperdibles, lo hicieron bajo el discurso del rechazo y la negación ante preceptos como “la fama”. Ser “famoso”, popular o volverse un poster en la pared, estaba totalmente prohibido.


Lo que no tuvieron en cuenta los ideólogos del punk, es que no basta la honestidad para hacer realidad este tipo de muros. Y que por el contrario, la honradez será el más sólido adherente para que, sin que lo hayas solicitado, te conviertas en una “celebridad”. Ya lo habían probado los Stones, Elvis, los Beatles, Bowie, Dylan, Nirvana o Greenday, quienes comenzaron cantando a ras de pueblo, hasta que la gente comenzó a invadir sus proscenios, para abrazarlos, besarlos y tirarlos al piso, una de las pocas maneras que tenemos los fans de demostrarles a nuestros ídolos cuánto los queremos.

- Esos Beatles deben ser unos maricones –decía alguien en mi barrio al ponernos a mirar “A Hard Day's Night”, una comedia de 1964, en plena Beatlemanía, donde las escenas de chicas correteando a los 4 de Liverpool, se repiten una y otra vez. Lógicamente, mi amigo no tenía la menor idea de lo que expresaba.

Aquellas estampidas del corazón, terminaban siempre obligando a los artistas, productores y dueños de los locales, a elevar sus plataformas, alejar al público del artista y a reclutar a todo un ejército de salvaguardias para cuidar que nada malo ocurra. Tienen que cuidar al “celebridad”. Y esto es una historia que, en el rock (en el mundo de la música en general), se repite constantemente. 



Jimmy Pursey, y la banda inglesa Sham 69, comenzaron con el entusiasmo y displicencia afines a la edad y a las nuevas elocuencias que traía el punk rock en 1977. El problema fue que los Sham 69 (a diferencia de tantos conjuntos desechables del punk), eran buenos, talentosos y dueños de canciones maravillosas. Jimmy Pursey es un tipo honesto, un compositor envidiable y siempre confrontacional. Y el ser honesto y fiel a sus principios en un mundo de mentiras, generalmente lleva a que terminen admirándote. Se volvió popular, “famoso”, un poster urgente en las paredes de los chicos que deseaban creer en algo o en alguien. La prensa lo buscaba para fotos y los fanzines le solicitaban entrevistas. De pronto, los espectáculos de Sham 69 se volvieron batahólicos, trifulcas masivas de admiración y cariño hacia ese personaje tan distinto. Los conciertos (como casi todos los conciertos punk y skinhead de la época) eran a ras de suelo, sin proscenios tan elevados ni alejados de la gente, tal y como lo mandaban las premisas punkis de “no estar más alto ni más lejos del público”.

Ante todo esto, Jimmy comenzó a sentir temor, temor de subir a un escenario. Temor a tanto afecto y a tan impetuosa respuesta. Se postergaron algunos conciertos y hubo reuniones forzosas para evaluar aquella inédita situación. ¿Qué hacemos si el punk se vuelve famoso, querido y respetado?... Al final eligieron lo más natural en el mundo de la música: proscenios más altos, más lejos, sembrar tipos grandotes para la seguridad, limitar el acceso a la gente… Vale decir, las mismas premisas de aquello que pensaban rechazar por siempre, pero cuyas motivaciones ignoraban por completo.
Jimmy Pursey, aceptando su "celebridad"...  
La “celebridad”, la notoriedad, “la fama”, no llega porque uno quiera. No se acercará a nosotros porque uno lo desee. Ya verá ella si nos corteja o nos ignora. La fama, “la Industria de la Celebridad” de la que hablaba Mariátegui, seguirá siendo esa indiferente dama al pie de un farol en una noche de niebla, impasible, fumando, sonriendo ante el embobamiento de sus potenciales feligreses.


lunes, 20 de febrero de 2017

UN SARGENTO DIFERENTE o LA MALDICIÓN DE LA PIMIENTA


En el otoño de 1969, la antigua tienda de trajes para señores y ternos a la medida, se fue de su sitio en la calle Urrunaga. Tras llevarse sus enormes escaparates que invadían vereda, el tramo ganó por lo menos medio metro. En su lugar se posesionó una modesta tienda de discos, la que fue bautizada muy curiosamente como “Discos”. Su dueño era un vecino nuestro, el sr. Zevallos, cuyo hermano menor –Víctor- era muy amigo mío, siendo él quien me dateaba de las últimas ediciones llegadas a Lima.

Un día, a inicio de los 70’s, Víctor va a mi casa y me encuentra escuchando el “Sargento Pimienta”. Al tomar la tapa del disco, mi compadre me dice:

- En mi tienda está este disco, pero no es así… Se abre, como un álbum…

Yo le dije que era imposible, que la edición “cerrada” era la única que había llegado a Lima. Y él me porfiaba que la presentación era otra, y que adentro había una imagen grande de los Beatles a todo color… No le hice caso. Pensé que estaba delirando. Hasta que una tarde, su hermano mayor se pone a conversar con mis hermanos y, efectivamente, un sujeto llegado de los EEUU, le había obsequiado una versión del Sargento (la versión norteamericana, lógico), cuya presentación le pareció tan singular y curiosa, que lo puso no a la venta, pero sí en exhibición en su pequeño escaparate, como para “atraer clientes”… Y vaya que los atrajo. Comenzaron a llegar en estampida, todos con ojivas de desesperación y ofreciendo cifras impensadas. ¡Había un Sargento diferente en Lima!!!...

La cosa se tornó un poco incontrolable. Pues aparte de los clientes peruanos, llegaban chilenos, ecuatorianos, argentinos… que quién sabe cómo se habrá corrido la voz. Había tipos que se amanecían en la puerta de la tienda, esperando a que llegue el sr. Zevallos. Algunos con ofrecimientos inauditos y otros simplemente para mirarlo (al disco). Fue tal la cosa, que el Sr. Zevallos, ante tanta y tan exagerada explosión de exigentes y desesperados, tuvo que sacar al dichoso Sargento del exhibicionero y esconderlo.

Una semana después, la tormenta amainó, pero la tienda cayó en una abulia total. Nadie entraba. Como si el Sargento hubiera dejado una maldición o los clientes insatisfechos hubieran volcado toda su enfadada pimienta sobre aquella tiendecita, que ahora parecía estar rodeada por una nube de bitlemaniático descontento.

Para fines de 1970, la tienda de discos “Discos”, cerró sus puertas para siempre. (Daniel F)  


Haciendo la histórica portada. Nótese que aún estaba Hitler entre los personajes elegidos.