lunes, 24 de marzo de 2014

EL SALUDO DE LOS CONTRARIOS





Lo siguiente salió editado en mi tercer libro, "Manuskritos desde una Calle Vedada" (Kipuy Editores, 2009), y lo quiero compartir hoy con uds.



Las tribunas desaparecen en un solo de pica-pica, banderas y petardos. Todo el estadio se remece como un gran temblor de corazones incontenibles.  El grito de la hinchada se desnuda y convulsiona en un gran espasmo generalizado… Ha salido el Sport Boys del Callao.

El domingo 22 de Octubre de 1972, me fui con mi hermano Cesar al Estadio Nacional, al ‘coloso de José Díaz’, a ver a nuestro querido Boys. Ya habíamos ido antes a otros encuentros, pero era la primera vez que estábamos dentro de la barra, ahí en Occidente alta, donde un gordo no dejaba de batir el bombo, mientras las matracas daban giros despiadados. Mi mamá se preocupaba mucho de que fuéramos al Estadio. Y su inquietud no era de la nada. Aún estaba fresca la imagen de los cadáveres haciendo fila en las baldosas del Estadio, tras la fatalidad de 1964 durante un Perú-Argentina.    




Aquel año, Walter Flores, los hermanos Quijandría, Daga, Carlos Solís, Campaña, Salguero, Barbadillo, entre tantos otros, se habían vuelto los grandes animadores del certamen. Enfrentaban nada menos que a uno de los equipos más poderosos que se hayan construido en este suelo: el Atlético Defensor Lima, los “cara sucias”, los “tigres” de Breña, un cuadro que vio levantar sus bonos con la entrada de un acaudalado empresario de la pesca, tan millonario y ricachón, que contrató a casi toda la selección peruana que había logrado un elogioso papel en el último mundial y reforzado con otros elementos de renombre, tanto de acá como del extranjero, haciendo de aquel equipo de Breña, casi un imbatible.  Apenas el Defensor comenzaba a marcar goles, los equipos rivales buscaban desesperadamente el túnel de salida y rogaban que el reloj se apresure en marcar los 90 reglamentarios para poder irse a las duchas y lavar los deshonores.



La televisión de esas épocas no acostumbraba a pasar partidos de nuestro Descentralizado de futbol. Yo veía el Hombre Par, nos reíamos con el Tornillo y mi mamá veía sus telenovelas mexicanas. Los partidos se seguían por radio. No eran tiempos del CMD o de los reportes “en directo”, en donde te pasan los previos y las repeticiones instantáneas, te transmiten en simultáneo 5 partidos y donde los comentaristas locales, en una seria desorientación geográfica, lo hablan todo como argentinos.  Por ello, había que ir al Estadio, a ese santuario de la pelota que todavía no se volvía el templo de nuestros más sonados fracasos en el ‘viril’ deporte del balónpie.

 

“Tengo dos problemas para jugar al fútbol.
Uno es  la pierna izquierda. 
El otro es… la pierna derecha”
(Roberto Fontanarrosa – humorista argentino)  


La televisión de esa época no acostumbraba a pasar partidos de nuestro Descentralizado de El Sport Boys está en el campo, haciendo sus previos respectivos, mientras la Barra comienza a hilvanar sus cánticos. En eso, sale el equipo rival, sale el Defensor Lima, con su inmaculada combinación de granate y blanco. Salen los ‘cara sucias’ y todo Occidente es un solo de rechiflas, improperios y pullas. Los oprobios saltan de un lado y otro. Se da una competencia interminable y sandunguera por ver quien lanza el insulto más ingenioso. 

- Burella, loca lloronaa!! –gritaba el jefe de la barra rosada. Máxima que estaría repitiéndola una y otra vez durante todo el encuentro, a lo que el extraordinario guardameta granate respondería con una sonrisa.

Los ‘cara sucias’ van al centro del campo y alzan los brazos, saludando a su tribuna, su pequeño atolón de leales que están apostados en Oriente, al frente mismo de nuestros ojos. Burella, Roberto Challe, José Fernández, Pedro Alexis Gonzáles, Francisco Gonzáles, Miguel Ángel Tojo, Converti... saludan a su ruidosa barra. Sus adeptos los reciben con aplausos y vítores, serpentina y más petardos. En eso, todo el dream team de Breña, da la vuelta con intensiones de saludar a la tribuna donde estábamos todos nosotros, todo ese pueblo ‘rosado’ en epiléptico estado de gracia. Era el saludo de los contrarios. En esos momentos yo pensé: que huevones, ni que se atrevan a saludarnos, los van a pifiar con más ganas… Los ‘cara sucias’ levantan los brazos ante la tribuna rosada y toda la barra del Boys, toda la tribuna en pleno, incluyendo mi hermano y el jefe de Barra, se ponen de pie y les dan, para mi sorpresa, una cerrada y respetuosísima ovación.  Fue hermoso. De pronto me sentí como en un mundo irreal donde todos somos capaces de poder ver con respeto a nuestros contrincantes deportivos y saber distinguir entre un simple juego y la vida real y cotidiana. Era respeto, era admiración hacia un cuadro que estaba tumbando rivales como espantajos, como indefensos muñequitos de torta; equipo imbatible que parecía salir a la cancha diciendo “¿por cuanto ganaremos hoy?”.  

No obstante, en aquella oportunidad el triunfo les fue esquivo. Es más, el Boys estuvo mucho más cerca de la victoria, pero el encuentro terminó 0 a 0. Un partidazo. Pero en esos momentos ya no me importaba mucho. Me hubiera dado igual si hubieran perdido por 3 o por 5 goles, porque ya me habían dado la más bella lección de respeto y humildad, la más hermosa reprimenda que ganó por goleada a la insensatez, en donde me sentí mucho más hincha del Boys y con una mayor pleitesía por sus colores, por su historia y por sus partidarios.



“No hay en el suelo chalaco
un sólo muchacho con más de un pulmón
que no ande ronco los lunes
por tantos chimpunes que dio al Sport Boys”
(‘Carreta’ Jorge Pérez)



Esa temporada, el Sport Boys del Callao, quedó en décimo tercer lugar y Defensor Lima, como era de esperarse, terminó entre los primeros. Aquel año el Campeón fue el Club Sporting Cristal.

Con el tiempo me fui apartando del fútbol y de todo lo que se le parezca. Pero igual vi cómo campeonaba Perú en la Copa América del 75, la hermosa campaña del Boys en el 76, la clasificación de Perú a Argentina 78, el último título del Boys en 1984 y, bueno… vendrían luego los más recientes descalabros nacionales, con sus escándalos, borracheras, orgullos batidos y arcos vapuleados; gente para quienes la camiseta es sólo un trapo que te pones pa’ no jugar calato.

En 1987, mi querido Boys, el Sport Boys de mis amores y mis desconsuelos, inició  ese trágico vaivén de perder la categoría y regresar a la Profesional… Hasta que, al menos hasta el día de hoy, se ha quedado como un residente porfiado de la Segunda División del Fútbol Peruano. De todas formas, en cada juego se juega la esperanza, esa antigua dama que a veces se esconde en los puertos más olvidados o detrás de una modesta pelota.   





   




viernes, 21 de marzo de 2014

EL CIUDADANO MÁS ANTIGUO DE LA FEOSFERA











Una necesaria segunda parte a este asunto de ser Feo o de ser Bonito

Con el escrito anterior (la de la superioridad completa y total de los hermosos por sobre nosotros los feos), se levantó una polvareda bastante grande, de unas dimensiones que no pensé que se iban a dar. Me escribieron de todos lados y me lanzaron tanto solidarios mensajes, como también una serie de recriminaciones y puyas, como que “la belleza está en el ojo del que mira”, que “lo importante es lo de adentro y no la cáscara”, que “los bonitos son calabaza”… en fin, opiniones de todo calibre y de toda anchura.  

mucho ojo con lo que digan...
Algunos amigos no entendieron que –al igual que casi todos los post de este humilde Blog- todas son experiencias personales que trato de compartirlas con el mejor de los ánimos, y sobre todo, tratando de reírme de mí mismo. Pues creo que la mejor manera de combatir el abatimiento que nos da una vanidad herida, es riéndonos de nosotros mismos (no nos queda otra). Pues cuando uno se ríe de sí mismo, no solo flotas en las aguas del rescate, sino que terminas exorcizando cualquier mezquindad que haya producido la naturaleza.

En los 70’s, empachado de la soledad y la poca suerte con las damas, decidí poner un aviso en un diario de esos hoy llamados “chicha”. Era uno de esos avisos donde uno busca novia, y da sus datos y sus galanuras. Pero como galanuras no tenía muchas (y como la sinceridad siempre fue mi bandera), tuve que poner la verdad:

Por supuesto, nadie me dio bola... una vez más


En los 90’s, entre la gente de producción del abominable programa de Laura Bozzo, se encontraba un amigo, que siempre que había un tema –digamos- que tenga alguna relación con mi actividad o con mi campo, me llamaba para ser Panelista. Pero siempre le respondía con negativas.


- Tío, va a haber un programa sobre Rock… “Rockeros vs. Salseros”
- Tío, va a haber un programa sobre Rock… “Rockeros vs. Criollos”
- Tío, va a haber un programa que tiene que ver con lo tuyo: “el satanismo en el rock”
- Tío, se viene un programa sobre Drogas… ¿Te apuntas?


Y a todas estas apetecibles propuestas, le decía que NO… Pues si voy a participar de un circo tan indecoroso como ese, al menos tendría que ser con un tema que me llame a discutir, un tema en el cual tenga un vínculo demasiado fuerte y profundo, como para poder agarrarme a golpes en pleno set de televisión. Y justo cuando al fin tocan un tema donde realmente me hubiera gustado participar, mi compadre NO me llama!! Y ese tema fue: “Los Feos”.



Y es que la fealdad existe. Pregúntenle a los miles de chicos (pre-adolescentes, adolescentes y post-adolescentes) que la padecen en sus colegios o en sus barrios. Pregúntenles a las chicas que tienen que esconderse de los ojos públicos. Y el problema es que muchos adultos no lo dimensionan en toda su crueldad, y se burlan de los sinsabores de sus hijos, incrementando con esta indiferencia, la inmedible tasa de infelicidad y de suicidios.   

Es cierto. No es importante. Pero ‘no es importante’ para nosotros que ya superamos esos infiernos. En mi caso, la única opción que me quedó fue intentar adaptarme al medio, mimetizarme de la mejor manera con la población “normal”, pero haciendo ciertos ajustes con relación a mi apariencia. Comencé a usar gorras, esas que tienen viseras, como para cubrir la mitad superior de mi rostro. Y en invierno esto lo complementaba usando gruesas bufandas, como para cubrir la parte inferior de mi desvencijada cara.

La delgadez extrema de mi cuerpo (que también era motivo de burla), la disimulaba usando muchas prendas a la vez. Usaba chompas de lana en pleno verano, y sobre esta escama de estambres, me ponía casacas, haciendo que mi cuerpo parezca ‘normal’. Luego cambiaría mi apellido a “F”, porque ponerme “Daniel Feo” hubiera sido demasiado obvio.

Y fue así como comencé a subir a un escenario. Y fue así como salí a enfrentarme a un público en vivo, con todas esas escafandras y yelmos que me permitieron enfrentarme a ese mundo de las apariencias, a ese frívolo cosmos de las envolturas que día a día se presentaba hostil y despiadada. Y yo estaba dispuesto a ganar esa batalla.

La verdad, nunca la gané. Pero el contrincante se fue alejando poco a poco. El estar en vitrina (como hablamos en el artículo anterior), me dio la posibilidad de ensanchar mis horizontes sociales, y comenzar a desprenderme de todas esas anclas. Conocí a una linda mujer con la cual ya hice mi vida, y en estos momentos siento que muchas de esas rémoras sociales han mitigado su sadismo.

Por eso, entre otras tantas muertes y costos, siempre digo que soy “un sobreviviente”. Pero claro, sigo siendo FEO (y bastante); sigo siendo uno de los ciudadanos más antiguos de esta Feosfera local, solo que, en estos momentos, soy un feo “con estatus”. Ja!.




miércoles, 19 de marzo de 2014

AMOR y SEXO - LOS BISILÁBICOS DEL DESENFRENO








Una disertación de autoayuda, sobre la supremacía de los bellos por sobre nosotros los feos, escrita por el hermano Daniel


Para algunos residentes en este mundo de desencantos, los bisílabos Amor y Sexo… son 2 de los vocablos más recurrentes a la hora de comenzar a caminar por la vida (junto con caca, culo, pichi, poto, rico, etc). Y son dos de los términos más vedados para algunos que –como yo- no hemos nacido para estos menesteres tan solicitados, ya sea por falta de tino (otro bisílabo ausente), plata (bisilábico urgente) o simplemente por no configurar de manera ornamental con el estándar estético del llamado ‘chico bello’ (dos bisilábicos que me llegan al pincho).  

Pero opté por estos dos en particular (Amor, Sexo), como para marcar el punto de inicio a este divague que, desde ya, va a ser refutado por los más doctos, pero serán ideas bien entendidas por los que nos pasamos por el inodoro todo el academicismo que tenga que ver con el corazón, porque, lamentablemente, el amor y las relaciones humanas, no vienen con tutoriales o son el producto de algún avance científico. No es un software que uno pueda instalar y desinstalar en el momento en que uno quiera. Es sobre este caro mundo, donde los hermosos, siempre (pero SIEMPRE) van a predominar por sobre nosotros los menos afortunados, los comúnmente llamados “feos”.  

No, pzz... si todos naciéramos así, no habría tanto trauma suelto...
Cuando era adolescente y veía a una chica bonita, decía: “válgame, vida!, que tal muchacha…”… Pero inmediatamente recapacitaba y decía para mi mismo: “Es en vano, feucho…ya sé que NO soy de su tipo”.  Y me parece que ese sería el mejor consejo que podría darle a ese segmento de la humanidad tan acongojado por no ligar nunca a una mujer; es la exhortación última y primera, a todos aquellos que todavía estén vislumbrando caminos un tanto fantasiosos con respecto a su papel en el mundo de las relaciones amorosas. Uno debería partir de la idea que uno NO es el hombre en la vida de nadie. El solo trance de caminar por las calles con esa seguridad de saber que uno no le va a gustar a ninguna fémina, nos va a librar de futuros traumas, de posteriores desengaños, y de todos esos dramones que terminen recluyéndonos en un psiquiátrico, enlatando nuestra ocurrencia entre los cuchichéos del barrio, o terminando nuestra vida en un indecoroso suicidio… (Y el suicidio, hermanito, nunca será bien visto, porque al final ese acto no traerá a tu cama a ninguna chica y, al contrario, todas terminarán riéndose de ti).



En ese sentido, siempre la tuve clara. Por eso fui soltero y sin compromiso hasta los 30 años. Casto y doncello por más de 3 décadas. Lo cual puede sonar no muy estimulante, pero a la larga me lo van a agradecer. Lógicamente nunca serás pasajero frecuente en esas tan anheladas aeronaves del desenfreno, nunca estarás en ningún crucero de bacanales griegas, y tus anécdotas sobre el sexo y el amor se limitarán a contar de las habilidades de tu mano derecha o a los concursos onanistas que se realizaban en tu colegio.







Osvaldo Cattone, destacado productor teatral, sorprendió a todos en una encuesta realizada ante una docena de connotados de las artes y el entretenimiento, a quienes se les preguntó “¿Qué es más importante: la Fama o el Amor?”. Lógicamente todos los pasmarotes y livianos mentales decían “¡El Amor!”… Pero el Sr. Cattone dijo: La Fama…. Porque con la fama puedes conseguir el Amor”.  Brillante.

Y es que La Fama (otro bisilábico de nuestros terrores), no solo se da a niveles mediáticos. No se logra solo con ser un actor, un político o un cantante. Es simplemente ponerte en vitrina, destacar del montón, ser un luminoso punto blanco entre tantos colores chillantes y engorrosos. La mejor prueba son los bodegueros, los cantineros, los mozos, el que vende los periódicos, el farmacéutico… vale decir, todo aquel que –por su ocupación- tenga algún inevitable contacto con el mundo exterior. Esto te dará la oportunidad de poder interactuar con quien sea, hasta volverte “su amigo”, “su confidente”, “su consejero”… Y que no te extrañe que la chica que tanto te gusta, al final agarró vuelo con el gordo y feo del verdulero o hizo algo con el esquelético que reparte las pizzas, solo porque estos supieron ser el frontón que una fémina espera, alguien con quien conversar, alguien que las escuche, alguien que las haga reír...

 
Porque si –al igual que yo- naciste con cara de culo, consagrado con rasgos deshonrosos, envuelto en un chasis infame y con tesituras no muy fraternas con la  estética humana, pues solo queda eso, hermanito: hacer algún tipo de actividad que dé la cara al público. El único lío va a ser si, además de feo, no tienes ninguna habilidad para las palabras… Y ese, lamentablemente, es mi caso, que soy un tipo que no habla y que termina siendo más aburrido que ver un pan ponerse duro. Así que, en este punto puedo hablar con toda la autoridad que me da el protervo castigo que me tocó padecer.

Una vez, hablando con el amigo Paco de A Luca, en su puesto de libros en Quilca, me decía que la belleza NO lo era todo. Que ‘la labia’ podía derribar cualquier convencionalismo estético a la hora de conquistar a una dama. Y yo le porfiaba que NO, que la belleza siempre va a prevalecer, y que el ‘chico bello’ (dos bisilábicos que me llegan al pincho) siempre van a triunfar por sobre nosotros los feos. Hasta que después de mucho discutir y poner ejemplos, y luego de tomar un silencio para sus recuerdos, me dijo:

“Es cierto. Tienes razón. Me acabo de acordar que una vez llegó por acá una chica muy linda, preciosa, que le gustaba la lectura, Sartré, Borges, Vallejo… Entonces yo comencé a palabrearla, y le hablaba, y le hablaba…Y ella escuchaba y sonreía… y sus ojos me decían que ya era mía… Hasta que después de casi media hora, y ya cuando estaba ‘a punto’, llegó el José Alberto, un huevón que no habla ni mierda, ni lee, ni es un tipo interesante… Pero es lindo el cojudo, su pelo ensortijado, su perfil bien delineado, su fisonomía angelical… Tamare… Y la chica lo vio y no despegó más sus ojos del José Alberto... Se quedó pegadaza…. Y al final, el José Alberto se la llevó!!”

Y si, pz, siempre habrá un “José Alberto” que se atraviese en nuestro camino. La supremacía de los bellos por sobre los feos, siempre será total. Uno se fija en una chica super linda, y luego te dice que su hombre ideal es uno de 1 metro 85, y tú no llegas ni al metro y medio… Uno que al fin llega a hablar con la mujer que tanto anhelas, y te das cuenta que a la niña solo le gustan tipos como los que salen en “Combate” o “Esto es Guerra”, y uno acá, pobremente con los pectorales de Don Ramón.      

No, pzz... si todos naciéramos así, no habría tanto trauma suelto...
 Pero bueno, a menos que tengas mucho dinero, para nosotros los feos, el amor y el sexo seguirán siendo esos dos bisilábicos prohibidos, esos pacientes esperando en ese laaargo y oscuro pasadizo donde nada ocurre, pero (y esto que venga para consuelo nuestro) serán esos espacios, donde puedas iniciar tus propias batallas y tus propias y castizas aventuras, tal vez haciendo canciones, escribiendo novelas, dibujando, o creando un Blog donde puedas garrapatear todas tus fragilidades existenciales. 

viernes, 14 de marzo de 2014

UN AÑO MÁS, PAPÁ



IMPERFECTAS LETANÍAS ENTRE LOS ACENTOS DEL MAR


La vida no la escriben las hadas. Tampoco creo que sea el producto de trasnochados demonios, a pesar que la historia nos remita a infinidades de infiernos que arden diariamente. Y no podría precisar, qué hada o qué demonio motivó al joven Enrique, a escapar de su casa, en las alturas de Apurimac, cuando aún no sabía ni atarse los zapatos.

Como ya lo conté varias veces, soy hijo de runaways, soy el resultado de dos jovencitos que escaparon de sus hogares, y se internaron en las junglas de la vida, una vida que, al parecer, no estaba siendo escrita por hadas. Mi mamá, una pre-quinceañera amazonense, huía de la pervertida idea de verse casada (a la fuerza) con un tipo mucho mayor, por quien solo sentía repulsión. Y mi papá… pues de mi papá nunca supimos porqué escapó de su terruño, siendo esta una historia que nunca quiso compartir con nadie.  



El asunto es que, a pesar de lo dura que debe haber sido la ruta para este indomable cobrizo, mi papá terminó siendo un tipo noble, tranquilo, con ese don que te sabe dar la paciencia y el equilibrio. No recuerdo un solo golpe, una paliza o una levantada de voz ante alguna travesura de sus hijos o ante alguna desavenencia familiar. De mi papá aprendí ese tipo de detalles. De él tengo que haber heredado sus silencios y el no hacer mucha pataleta ante situaciones que tal vez no la merezca. Recuerdo que una vez tuve un altercado totalmente niño con mi vecino, donde él decía que su televisor era más grande que el nuestro. Y fui donde mi papá para reírme de tamaña afrenta y esperar un respaldo ante el innegable hecho que nuestro FTA de 24 pulgadas era más grande que su Phillips de 23. Y mi papá me dijo: “Tú tienes que decir que ‘sí’, que su televisor es más grande. Eso no importa. No se debe pelear por cosas tan menudas.”….



De mi papá aprendí que caballero es aquel que hace que los que están a tu alrededor, se sientan bien. Y una vez, caminando por el Callao (sitio al cual le rendía infinita pleitesía), nos cruzamos con alguien que, por alguna razón, quería contarnos la historia del castillo Real Felipe. Y yo, con mis insolentes 9 años, sonreí y le dije que nosotros ya sabíamos todo acerca de aquella histórica fortaleza. El rostro de aquel joven, cambió diametralmente, desdibujando esa sonrisa inicial, y haciendo que su entusiasmo se aleje a toda prisa. Mi papá vio eso y dijo “Yo, la verdad, no lo sé… A ver cuéntame…”. Y la sonrisa del joven, regresó. Y comenzó a contar todo lo que ya me había contado mi papá desde siempre, puesto que mi papá era un tipo muy apasionado por la historia de este Perú, y el Castillo del Real Felipe era uno de nuestros sitios favoritos. 

Mi papá adoraba el mar. Con sus olas y sus acentos. Era un excelente instructor de natación. Se metía al agua y nadaba hasta acariciar las orillas de la Isla San Lorenzo. Solía flotar haciéndose “el muertito” en las serenas aguas de nuestro primer puerto. Y gracias a estas piruetas, un amigo del barrio me contó: “A mi una vez, estando en pleno mar y lejos de la orilla, me acalambré. Me desesperaba pidiendo auxilio, pero nadie me veía. Yo ya estaba resignado a mi anegado destino, hasta que me acordé de tu papá. Y me hice ‘el muertito’… Comencé  a flotar con la esperanza de que alguno de mis amigos me vea y se de cuenta del drama en que estaba. Y así fue. Me vieron y me rescataron”.


     
Llorar se ha vuelto abuelo. Y llorar fue algo que tampoco vi en mi papá. Claro, eran días en donde a los hombres les estaba prohibido llorar. Menos aún, llorar en frente de sus hijos. Y yo sabía que su sensibilidad no solo estallaba por el lado de la familia, sino también por el lado del dibujo y de la música, sentimientos de trazos finos y de sonidos subyugantes que terminaron contagiando a toda la tropa en la casa.

Y es en ese punto, en el de la música y las artes gráficas, donde mi papá enlaza –aún más- con nosotros, los hermanitos Valdivia. No era un señor de idea pedregosa, cerrado ante las nuevas tendencias. Le inflamaba la música instrumental, y terminó dando vistos buenos a bandas de rock progresivo, como Emerson, Lake & Palmer, demostrando que “viejo” es aquel que solo sonríe cuando acaricia el pasado, pero que cierra sus tactos, cuando le hablan del futuro. Y él parecía tener esa fuente de la juventud, tan buscada por Ponce de León, por alquimistas y por nigromantes, demostrando que la lozanía está en nuestra animosidad, en nuestra apertura hacia nuevos vientos y hacia nuevos incendios. …Nos quería muchísimo.

Pero la vida no la escriben las hadas. Y por alguna razón, el destino quiso que los demonios del alejamiento, prevalezcan. Una mañana de 1973, ingresamos prácticamente juntos al Hospital. Yo fui por una operación de vesícula y mi papá fue sólo por un chequeo… Nos internaron a ambos. Días después, yo logré salir. Mi papá, no.

Este 17 de Marzo, mi papá hubiera cumplido un año más. Y no tuve mejor idea que hacer esta imperfecta letanía, estos pobres trazos semibiográficos sobre alguien por quien sólo tengo admiración, agradecimiento y un muy buen recuerdo, esperando que la música y los silencios lo sigan acompañando, y que siga disfrutando de su Callao querido y de los acentos que navegan en ese incesante e inacabable zarandeo del mar.   


domingo, 9 de marzo de 2014

LA SONRISA DE LA DOCTORA LOPEZ







LA SONRISA DE LA DOCTORA LOPEZ
o LA BRIGADA DE LOS MACHOS


Gimnasia complicada esto de vivir. Visitar al dentista siempre fue algo que se quiere (se debe, se piensa) postergar. No hay nada más desagradable que el taladrar incesante de una Profilaxis severa o de una Endodoncia. Mucho que dicen que la ciencia ha avanzado… ¡mentira! En el odontologismo seguimos postergados por 3 siglos. Continúan las viejas prácticas y las sempiternas torturas. A estas alturas del siglo XXI, ya la caries debiera ser un mal del recuerdo, y los dentistas tendrían que haberse extinguido, pues todo ya se debería arreglar con un simple caramelito o con un enjuague de efluvios.

Pero si hasta los 45 años, mi terror por ir al dentista era patente y notorio, nada me preparó para eso tan espeluznante que llaman examen prostático tacto rectal… Nooo!!… La sola idea de que alguien vaya a introducir un dedo en mi asterisco más sagrado, destapa cualquier ataque de pavor elevándolo a niveles siderales. ¿Cómo te escapas de eso, hermanito?


Conozco mayores que nunca se han hecho ese examen, y que viven temblando el día que descubran que su próstata ha crecido hasta ponerse del tamaño de una papaya y que orinar se va a volver una aventura que ni Indiana Jones va a poder resolver.

Pero qué le hago?… Yo soy de esos que cuidan su salud y que la inmortalidad me la tomo en serio. Me hago chequeos completos cada 12 meses: sangre, orina, garganta, oído, huesos, nervios, control del colesterol, revisión de la vista, etc.  Suelo separar siempre el mes de Enero para todos estos controles de inspección, y acostumbro a decir que, ese mes, es mi mes de Vacaciones.

Pero ya la edad y los resquebrajamientos naturales que acompañan al tiempo, me obligaron a acercarme, indefectiblemente, al consultorio del Urólogo.  La tarde que tuve que ir, lo hice con toda la entereza del mundo. Tuve sexo con mi novia 3 veces el día anterior, como para hacerme a la idea de que soy bien hombre, y que acrobacias anales tan dramáticas, no iban a hacerme desistir de seguir perteneciendo a la brigada de los machos.

Pero, oh suerte mía, el único urólogo disponible aquella tarde, era una hermosa dama que se apellidaba Lopez. Ojos grandes, cabello rojizo-marrón ensortijado, dedos pequeños y amables (muy importante) y sensitiva voz.

 
- ¿Que lo trae por acá sr. Valdivia?
- Solo rutina, Doctora…
- ¿Próstata?
- Si, Doctora… ya me toca

La galena sonrió como solo saben hacerlo las urólogas. Me dijo que me levante y vaya a la camilla. Y con esa dulce voz, me dijo que me baje los pantalones y que me apoye en la angarilla, lo cual no me pareció nada dulce. Yo pensaba “Ay Dios, porqué me has abandonado…”, y recordé que era ateo, cosa que no me dio mucho consuelo, lo cual prueba que el cristianismo, para estos casos, es mucho mejor compañero que un paganismo radical a punto de ser desflorado.

Yo veía que la doctora se ponía el guante, y en uno de sus dedos untaba un gel color manteca, protocolos que solo veía en las películas triple X que te ponen en los Hoteles. Comencé a tragar saliva y a esperar que haya un terremoto o una hecatombe nuclear, algo lo suficientemente apocalíptico como para suspender tamaño ultraje.


- No es posible que en este campo, la ciencia no haya avanzado nada –le dije a la doctora, tratando de matar mi nerviosismo- Todos estos métodos son bárbaros, es de una atrocidad exagerada… ¿Qué pasa con la ciencia médica?

-  Así es, Sr. Valdivia. Pero hasta que no se logre auscultar con la misma precisión, este dedito tendrá que seguir haciendo la heroica tarea, nos guste o no.


Se hizo un pequeño silencio. Yo no sabía dónde poner mis manos. Miraba algún punto en el consultorio que me sirva de ancla para desaparecer en la distancia, como para volverme un paisaje ajeno en este naufragio que estaba a punto de vivir. Yo trataba de hacer conversación, intentando ganar un poco de tiempo… “hacer hora”, como dicen los pastrulos de hoy.

 
- Dígame, Doctora, y hablando de su campo, ha leído ese libro “Vida, rencores y astucias del Espermatozoide Acrocéfalo”?
- ¿Cómo dice? ¿Qué clase de libro es ese?
- No lo sé. Lo vi en el pasillo y, la verdad, el solo título me dio miedo…


Y la doctora Lopez comenzó a reír estentóreamente, sin que esto contraiga un ápice sus buenos modos y su benigna fragancia.


- Y, Doctora, esteee… ¿cuanto dura todo el trámite?
- Yo me demoro bastante…
- (mierda!, pensé)

- Muchos pacientes –decía la doctora Lopez-  me han contado que con otros doctores es solo un ‘entra y sale’, sin gastar mucho tiempo… Pero yo digo ¿qué clase de examen será ese?... No lo entiendo. Yo (lo siento mucho), pero tengo qué demorarme, tengo que revisar bien…

- (maldita sea tu juramento hipocrático y urológico! – filosofé)…


- Bueno, voy a entrar –advirtió la doctora Lopez-  Abra ud. un poco más las piernas e incline su cabeza para adelante…


El resto es inenarrable. Fue una de las cosas más horribles que haya vivido en este planeta. La doctora, mientras hacía la inspección, me hablaba y me contaba cosas, y yo estaba ahí, esperando el bendito momento que todo acabe. Vi transcurrir mi existencia. Comencé a recordar todos los gatos que tuve. Me vi en una sala de ensayo a finales de los 70’s, y me vi desde un plano aéreo la primera vez que subí a un escenario… Hasta que, severos segundos después, el tormento al fin se acabó.


- ¿Vio que no pasó nada, Sr. Valdivia?… -dijo la doctora Lopez con el dulce color de su voz

- Lo dudo mucho –le dije, y la doctora volvió a reír


Ante esto yo me limitaba a hacer alguna caricatura de sonrisa. En mi rostro había una lágrima que, conforme había ido completándose el atraco, fue deslizándose desde mi ojo derecho hasta llegar a mis labios, de ahí a mi barbilla, y luego lo vi precipitarse al suelo.  Ya para esos minutos, mientras me acomodaba mi buzo, mi hombría se había marchado hacia algún avergonzado escondrijo, con el tuerto un tanto desconcertado,  y con el péndulo de la dignidad entre las patas.

Pero bueno, me dijo que no había nada extraño, que tenía la próstata de un adolescente (depende a qué adolescente se esté refiriendo) y que todo estaba Ok.  Lo peor fue cuando nos despedimos. La doctora Lopez, con ese candor y con esa sonrisa tan apacible que solo la pueden esbozar las urólogas, me dijo:

- Nos vemos en 12 meses….


(Noooooooooooooooooooooooooooooooooo!!!...) 





lunes, 3 de marzo de 2014

LA TUERCA

Ahí estoy yo, en 1972 (¿me ubican?), 1 año después del 'tuercazo'

o LA ORDENANZA DEL DECIMOQUINTO MANDAMIENTO EN UN MES DE ABRIL

A diferencia de hoy, donde los pequeños seres humanos van al colegio casi desde que la madre los trae al mundo, en nuestros primariosos días, tenías la suerte de ser enviado a las aulas (vaya suerte!) recién a los 5 o 6 años de edad. Y no era desde que el año arranca, sino que uno tenía que esperar hasta la llegada del mes de Abril, período en que recién se iniciaban las clases oficialmente.

T.S. Eliot tenía toda la razón cuando escribió “Abril es el mes más cruel!”, porque para nosotros, los que crecimos en los 70’s, Abril siempre fue sinónimo de aprensión, de advertir ese temor que va creciendo con los días, una desagradable escama que nos recorría hasta el chaflán más postergado de nuestras uñas. 

Mi poco agraciado físico, tampoco contribuía mucho a que este lúgubre rito anual de tener que ir a la escuela, reciba tan siquiera un mínimo de entusiasmo. No era como mi vecino Manuel, que desde el día anterior ya estaba uniformado y con la maleta en mano, listo para transportar su voluminosa humanidad hasta los claustros.

Pero en líneas generales, al final de cuentas, en el colegio la pasaba bacán. Conocía mucha gente, lograba hacerme de amigos y me codeaba con nuevos horizontes. No aprendía mucho porque mucho no enseñaban, porque en mi casa, tuve la suerte que la educación era un decreto ley, y mi papá y mi mamá, eran muy devotos del decimoquinto mandamiento: no seas bruto. Así que cuando el profesor decía alguna fecha incorrecta o mencionaba alguna ciudad que no existía, pues ahí estaba yo, para levantar mi manito y hacerles notar alguna de estas insolencias educativas.


Pero en los colegios, nunca falta un abusón, uno de esos disminuidos mentales que creen que hacerle la vida de cuadritos al prójimo, es lo más fantástico del mundo. Tipos que ejercían esa actividad que ahora, muy anglosajonamente la llaman “bullying”.

De mi lado, siempre corrí con suerte. Si bien los amigos solían reírse de mis orejas o de mi nariz o de mi delgadez preocupante, nunca hubo una carga de violencia o agresividad tan mortífera, que haga que mi vida se vuelva fatal. Pero a mis cortos 10 años, me tocó en mi salón, un infante ladilla que solía golpear en la nuca a algunos compañeros. Pasaba por su costado y ¡pácatelas! le endilgaba un soberano y sonoro sopapo. Era un ‘chico nuevo’, el chato Ananías, un duendecillo de rostro seco y cobrizo, de cabello recortado casi al ras, con la piel un poco granulienta, un año mayor que yo, pero 5 centímetros más pequeño, y con grandes posibilidades de no crecer un milímetro más.

De pronto, en uno de los recreos, cuando estaba yo caminando con un par de compañeritos, ¡pácatelas! sentí un seco golpe en mi nuca, y el chato de mierda ese que pasa muy raudo, sonriendo y con la consabida risotada de los lambiscones que andaban con él, tan idiotas como el Ananías.

Me dije, bueno, fue solo un episodio fortuito, y conmigo nunca se va a meter. Yo soy un tipo chévere y no me meto con nadie. Nunca le pongo chapas a la gente y suelo ayudarlos con sus tareas. Pero ese día, cuando estaba saliendo del colegio ¡pácatelas! otro seco golpe en mi nuca, y las risotadas de rigor del chato y sus gandules.

Entonces me entró un pánico de los re-mil. Ya no solo era el Colegio, ya no solo era mi físico poco agraciado, ya no solo era tener que despertarme temprano para correr a clases… Sino que además, iba a tener que soportar a un idiota que te va a agredir cada dos por tres… Hablé con mis hermanos mayores (en esos días también colegiales), y les conté la cosa sin asustarlos tanto, hablándoles de este tipo que, al parecer, tenía pensado joderme todo el año. Y uno de mis hermanos me dijo: “agarra un palo y pártele la cabeza!”… Consejo no muy santo, pero que estaba dentro de mis posibilidades, pero no de mi intencionalidad. Siempre fui un tipo pacífico y jamás me visualicé resolviendo problemas a los golpes.


Pero igual… me fui al colegio y en el camino encontré una tuerca, una tuerca enorme, de acero, casi del tamaño de mi mano. Entré al colegio sosteniendo mi tuerca entre los dedos, me detuve al frente de mi salón, solo, y aguardé a que el chato llegara. Cuando lo vi, me dije “si este huevón se atreve a golpearme, lo reviento”… Y válgame que de verdad ya hasta deseaba que esto ocurra. Cuando en eso ¡pácatelas! sentí el golpe seco y el consabido coro de risotadas. 

- Oye, reconchatumadre!!!… y pum!... le endilgué tamaño tuercazo por la cabeza, que obligó al pobre chato a encorvarse dramáticamente. Se tomó la mollera con sus manos, dando gemidos y haciendo graves gestos de dolor. Desde esa posición me miró con la boca entre abierta, con unos ojos inyectados que parecía que iba a terminar saltando sobre mí. Pero ya estaba preparado. Yo aún no soltaba la tuerca y, si comenzaba la bronca, no iba a dudar en volverla a usar.

Sus amigos estaban en silencio. Mis otros compañeros en los alrededores, también fueron rehén del mutismo y la sorpresa. Incluso el colegio entero pareció haberse tragado sus griteríos.  Ananías me miró. No me dijo nada. Se incorporó y entró al aula con sus compinches, en silencio, pero siempre agarrándose la cabeza y mirándome de rato en rato, con indiscutibles gestos de perplejidad. 



En el recreo, me puse a caminar por el patio, pensando en lo que había sucedido, comenzando a sentirme mal por lo que acababa de hacer. Hasta que lo vi. Estaba frente a mí, y todavía estaba sobándose la cabeza (un ejercicio que el pobre Ananías estaría haciendo por varios días),  y se me acercó.


- Ohe, Valdivia, ¿con qué me golpeaste?
- Es que jodes mucho, pe, huevón…
- Si, pero, era de chiste, pe… Nada en serio… Te achoras por las huevas…


Seguimos conversando y las calmas se apoderaron de nuestros escondrijos. Tanto que, con el tiempo, al igual que en las historias de Walt Disney o de la Familia Ingalls, nos hicimos muy amigos, y enterró sus ganas de volver a joder a alguien en el salón.

Aunque siempre me quedó la duda si, producto de aquel tuercazo golpe, se volvió un tanto cerrado para el aprendizaje, no entendía las lecciones, hasta el punto que comenzó a repetir el año… año tras año, costumbre que terminó haciendo que, definitivamente, lo perdiera de vista.

¿Cómo dicen que la letra con sangre entra? Aunque, quien sabe, quizá Sancho tenía razón con el aforismo, y el buen Ananías sea hoy un connotado Congresista, o nuestro actual viceministro de Educación.